
Extrajo su viejo violonchelo de la funda lo miró con dulzura, casi con amor, era su único compañero fiel, el amigo que nunca le había defraudado y al que creía que tampoco había defraudado.
Cuando se sentó en el taburete y colocó su instrumento en su regazo sintió la calidez de un abrazo, la melancolía de un adiós y la ansiedad de un sonido. No estiró los brazos como músicos orquestales ante su auditorio, no había partitura pulcra ante sus ojos, todo lo que debía hacer estaba ya grabado en su memoria desde hacía tiempo y este, el tiempo, parecía ahora alargarse y contraerse según los latidos de su mal herido corazón. Acarició el mástil como quien acaricia el cuello de un cisne, su mirada mas bien irradiaba alegre encuentro que triste despedida.
La primera nota surgió del roce del arco con la cuerda y sintió como si toda su vida se grabara en ella, un torbellino de imágenes y sentimientos empezó a soplar a su alrededor y nuevamente, instrumento, músico y música desaparecieron del teatro vital, para trasladarse al éxtasis intemporal.

La música, libre de murmullos, se extendió como el aroma hasta el último rincón de la columnata, llenó cada rincón de la escalinata y cada voluta de adorno.
Ahora músico, música, escenario y público se habían fusionado sin exigencias en la mas perfecta amalgama de sentidos y nunca, nunca jamás aquél espacio había gozado de tanto arte, Nunca había existido una integración tan grande entre sonido y entorno, muchas veces había sonado esa pieza en ese marco tocado por esas u otras manos, pero jamás de los jamases había estado tan impregnada de sentimientos como ahora.
El músico abstraído y sereno continuó presionando y rasgando las cuerdas extrayendo con cada movimiento de sus brazos y muñecas sonidos dulces y melancólicos, nadie parecía moverse y hasta la brisa del medio día aplacó su serpenteo entre los pilares para sumarse al coro de oyentes silenciosos.
Mientras la pieza sonaba y casi sin desearlo la mente del músico revoloteaba por su pasado posándose en momentos dulces y momentos amargos, sus ojos cerrados parecían visionar tras el velo de los párpados imágenes de un desamor, un desencuentro una desilusión profunda como su melodía. Cuando esta tocaba a su fin, músico, violonchelo y una lágrima densa cayeron al suelo con un estruendo que hizo explotar la burbuja del momento en el corazón de los oyentes para traerlos a la realidad mas dolorosa.
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La Ambulancia gritaba agónicamente por la Carrer de Larrard en dirección al hospital de la Santa Creu, cuando un empleado municipal se encargaba de recoger el instrumento que, herido de muerte bajo el peso del músico esperaba junto al taburete, a su alrededor cientos de turistas, aun perplejos emprendían su empeño de inmortalizar el escenario con sus cámaras de ultima generación.
Okawango